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MELQUIADES ÁLVAREZ PINTOR
30/06/2009
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MELQUIADES ÁLVAREZ PINTOR
En el taller de Melquíades Álvarez (Gijón, 1956) hay un intenso olor a óleo y aunque el mar no se ve, se intuye; su húmedo aroma fluye por los rincones. Los últimos dibujos del pintor se cuelgan ordenados, anunciando próximos envites que este verano le llevarán a la prestigiosa sala Robayera de Miengo, en Cantabria. Entre mesas, sillas, cajas y botes de pintura, el viejo caballete abraza un cuadro aún en proceso. Otras piezas se guardan apiladas, envueltas en papel burbuja o capas de cartón. Fotografías familiares, bocetos, algún periódico. Lienzos en blanco, tablas desnudas, bastidores y libros habitan el local. La música de Bach envuelve esta sutil atmósfera, con sinfonías que suscitan una emotiva sucesión de imágenes. «Todos los artistas capaces de sugerir están vivos y son contemporáneos. Bach es un artista actual », afirma. Su ritmo viaja de la clásica al jazz o al minimalismo de Philip Glass, que hace unos días recaló en Gijón para deleite de nuestro pintor. «A veces prefiero el silencio. La música me sirve en los momentos dulces, cuando el cuadro está más o menos resuelto». Treinta y seis años después de su primera exposición individual, Melquíades es hoy un pintor consagrado y sereno. Bajo su apariencia seria se esconde una saludable ironía y una sonrisa pícara que emerge en las distancias cortas. Procura caminar todos los días, «para desarrollar ideas» y pisar lugares cotidianos, con la naturaleza mojando las retinas. «En esta época los ríos y las ‘caleyas’ me inspiran a diario». Son ecos de su ímpetu juvenil, que le mantiene en permanente rebeldía. Reivindica la pureza, la pintura y la poesía. En este luminoso estudio de El Coto, Melquíades sigue practicando una suerte de ascetismo contemplativo que trata de fundir la versatilidad velazqueña, la quietud escenográfica del romanticismo europeo y las brumas de Asturias, santo y seña de un presente contemplativo que armoniza oficio, reflexión y poesía. Con la investigación como práctica habitual y el respeto al Arte como piedra filosofal, lanza constantes odas a un tiempo detenido, bajo su enorme variedad de recursos plásticos, paciencias y emociones. «He aquí el trabajo», escribe. «Trabajar sin producir. Trabajar para hacer y deshacer; para comprender, para descubrir y exigirse cierta intensidad. El resultado de esa actitud es la obra que me interesa». En los años setenta, Melquíades y otros compañeros (José Arias, Francisco Fresno, Ramón Prendes, Pelayo Ortega...) emprendieron juntos los nuevos caminos del arte, explorando, buscando información y bebiendo la diversidad de la época. En aquel Gijón aún decimonónico contaban, por fortuna, con los consejos veteranos de Antonio Suárez y Joaquín Rubio Camín para aprender a mirar y descubrir, y con algunas galerías (Atalaya, Cornión, Altamira...) para subsistir. «Mi recuerdo más grato es el descubrimiento de la pintura. Algo imborrable, sobre todo si nace de manera espontánea, no como respuesta a un hecho cultural o a las modas». Cada uno planteó su propia manera de habitar la pintura, asimilando las ideas de los ‘supportsurfaces’ franceses o reinterpretando distintas corrientes que atendían a la vanguardia histórica, el arte clásico, las nacientes vías de la neofiguración y las últimas teorías sobre la abstracción. En esa encrucijada Melquíades singularizó su paleta («Esa sensación de empezar siempre») partiendo del paisajismo piñolesco. En los ochenta se proyectó nacionalmente con una figuración definida por el crítico Miguel Fernández-Cid como «ni expresionista ni matissiana, alejada de la retina de la moda; el paisaje romántico revisitado tras un recorrido por la tradición moderna ». Llegaron los éxitos, las exposiciones, los homenajes y los encargos. Poco a poco desarrolló su impronta, con la compañía de su esposa, la pintora Reyes Díaz, y sus hijos Claudia, Matías y Reyes. Así derivó a composiciones delicadas, más pausadas y románticas, como la obra ‘Cielo creado’, que preside la cúpula del Teatro Jovellanos. Su pintura de nieblas y síntesis sigue hoy cantando los sonidos del silencio. «Esos momentos compartidos con mi familia han sido fundamentales en mi pintura. Reyes y yo somos personas interesadas en una misma realidad, y eso se aprecia en nuestros cuadros». La estética del despojamiento acota sus imágenes. «En el arte, como en la vida, el camino es lo verdaderamente interesante ». Le gusta hacer y deshacer sus obras, huyendo de la mímesis. «Para comprender, para descubrir y exigirme cierta intensidad». Huye de la repetición y de los cambios bruscos. Mantiene la tensión pictórica en el interior, no en las formas. «Quiero habitar el silencio para crecer en la mirada». Ahonda una y otra vez en sus propias temáticas, compendio de instantes que generan infinitos climas sobre el soporte. A la pintura actual le crecen los enanos en forma de enemigos, envidias y luchas disciplinarias, pero Melquíades apuesta por la espiritualidad y también por el trabajo diario. Es su respuesta a ese ‘sehnsucht’ que los románticos norteuropeos definían como anhelos, ansias, angustias o nostalgias. «Estoy leyendo un libro sobre el romanticismo de Rüdiger Safranski que me llena bastante, porque constata el romanticismo como un movimiento en plena acción, aún en nuestros días. Me gusta compartir esa sensación de profundidad, muy comprensible, que mueve también a otros artistas. Los poetas, los músicos... lo interpretan a su manera». En los trabajos recientes mantiene su interés por la playa y el horizonte gijonés, por las siluetas humanas y los árboles. Situado en la élite de la pintura española, se analiza obsesivamente, para no dormirse: «Me esmero mucho, exigente en lograr la imperfección. Torpeza disimulada e inevitable. El no-dominio a mi alcance ». Su ética es su virtud. «Tentados ya los límites del reino propio. Suspendido en el centro de mi mismo, como el péndulo quieto. Espero que el tiempo se despeje, como si las nubes hubiesen de salir de entre las ruedas dentadas y otros mecanismos de un reloj». Sabe que la mejor evolución parte de la recapitulación. «Oigo mis pasos entre las sombras que proyectan pájaros invisibles, y aquello imaginado me rodea». ÁNGEL A. RODRÍGUEZ
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